Y sólo quedaron los impuestos
Y sólo quedaron los impuestos
feb 15Si en el trabajo, tomando un café o esperando la cola del cine alguien te mencionara el nombre de Aubrey de Grey probablemente recibirías a cambio todo un elenco de gesticulaciones comprendidas entre la sorpresa y la indiferencia.
Grey gerontólogo británico e investigador de la Universidad de Cambridge considera el envejecimiento como una enfermedad fundamentada en cinco puntos: degeneración celular, acumulación de células no vitales, mutaciones en los cromosomas, mutaciones en mitocondria y acumulación de “basura” dentro de las células. Partiendo de esta premisa, este excéntrico y barbudo biólogo, sostiene que atajando estos cinco grandes males el hombre puede alargar la vida hasta los 1.000 años.
Sus teorías e investigaciones, como no podía ser de otra manera, están en entredicho. Incluso en “caza y captura” si tenemos en cuenta que la revista Technology Review, perteneciente al , ofreció 20.000 dólares de recompensa a quien pudiera desmontar sus tesis; sin que hasta la fecha nadie haya podido conseguir el botín.
Aunque el punto de vista científico sea muy interesante, teniendo en cuenta que la bioingeniería es uno de los instrumentos principales que Grey estima como arma contra los cinco agentes del envejecimiento, las implicaciones sociales y éticas de tener éxito el controvertido científico en sus experimentos serian dignas de estudio. En principal debate ético que se plantearía, entre otros muchos por supuesto, vendría dado por los posibles impactos sociales que un descubrimiento de esta naturaleza tendría en la sociedad a escala planetaria. Si bien la muerte ha igualado las clases sociales en la historia humana, con excepciones debidas a enfermedades tratables o no en función del origen geográfico y el peldaño social que uno ocupa, el hecho de vivir 1.000 años podría abrir un brecha irreconciliable entre aquellos que tuvieran acceso a esta tecnología y quienes seguirían obedeciendo los preceptos de la naturaleza.
No hablamos de una simple reducción de la esperanza de vida en unos 15 o 20 años, sino mas bien un abismo de cientos de años, en los que un venerable anciano con aspecto juvenil vería pasar generación tras generación frente a sus sobreexperimentados ojos. La vida, en si misma, llegaría a ser de valor incalculable o bien de una intranscendencia casi insoportable; como la poca piedad que nos puede provocar un árbol del vecindario derribado por un rayo, frente a la melancolía que suscita conocer el óbito de un vegetal de 5.000 años en algún incendio en Tasmania. Y lo más inquietante de todo, tu mismo podrías asistir a estos cambios transcendentales…
Según el propio Aubrey de Grey el primer hombre que llegue a vivir 1.000 años puede estar ya vivo, y rondar los 30 o 40 años. Lo cual no deja de ser una profecía inquietante.
Cuando adquirimos la conciencia de la muerte, un miedo existencial recorre nuestro cerebro de manera cíclica; en unos con mayor intensidad que otros, pero es inevitable preguntarse por el final que poco a poco deberemos aceptar. Sin embargo, ¿y si llegado un punto no fuese así? A la posibilidad ya aceptada del fallecimiento, en un espacio prolongado o no de tiempo, se podría añadir una nueva, la de no morirse en el tiempo razonablemente previsto.
Bejamin Franklin dijo en una ocasión “Solo hay dos cosas seguras en la vida: la muerte y el pago de impuestos”. Seria incluso cómico que hasta el primer punto llegase a estar en entredicho dentro de 20 o 30 años…